Culiacán, Sinaloa.- Las casas vandalizadas, las cintas amarillas y las veladoras colocadas en lugares públicos donde ocurrió un asesinato se han convertido en parte del paisaje urbano de Culiacán, tras el estallido de violencia registrado el 9 de septiembre de 2024.
Estos elementos representan las huellas más visibles de una ciudad marcada por una dinámica de vida ligada al crimen organizado, que en los últimos dos años se ha transformado hasta llegar a un punto en el que incluso los propios ciudadanos desconocen la ciudad que habitan.
En sectores como Las Quintas, Chapultepec, Montebello, La Campiña y Lázaro Cárdenas, por mencionar algunos, se ha vuelto común transitar por las calles y encontrar más de una vivienda incendiada, con daños en su fachada o con el portón derribado.
Lo que antes era un hogar hoy, en algunos casos, se ha convertido en cenizas, como una de las tantas huellas que la violencia ha dejado en la capital.
Las calles también se han convertido en altares improvisados, donde las veladoras permanecen encendidas como recordatorio de que en ese sitio sucedió un crimen.
Se ha vuelto cotidiano caminar por la ciudad y encontrar en alguna esquina cintas amarillas que son utilizadas por agentes del Ministerio Público o militares para delimitar las escenas de hechos violentos y, con el paso del tiempo, algunas permanecen en el lugar como otro distintivo de la violencia.
Son los vestigios más visibles de 730 días en los que han sido contados los días en que las autoridades no han registrado un homicidio o feminicidio. Porque el dolor de las familias que perdieron a un ser querido no puede medirse ni explicarse con estadísticas.
Detrás de cada vivienda incendiada, cada cinta amarilla y cada vela encendida hay una historia de pérdida que permanece en una ciudad que, después de dos años de violencia, ya no es la misma.
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