Bocho - rno Legislativo
En la comparecencia del secretario de Salud, Cuitláhuac González, hubo un detalle menor en apariencia, pero mayor en significado: el presidente de la Comisión de Salud, el diputado Santana Palma, abrió su intervención disculpándose porque le acababan de entregar un papel para leer y no había tenido tiempo ni de revisarlo. Textual: “se me formuló y se me entregó de última hora… pido disculpas por si me equivoco”. Lo que siguió fue un texto técnico, elogioso y perfectamente alineado al discurso oficial, pero ajeno al semblante del legislador. La escena no fue anecdótica; fue un lapsus de institucionalidad: un diputado leyendo lo que otro le dictó. Ese lapsus político reveló más que el informe del secretario. Reveló forma de conducción, disciplina por encima de deliberación y, sobre todo, la inexistencia de una voz propia en quien formalmente preside la Comisión que dictamina la materia. Y es ahí donde el bochorno se junta con el antecedente: el mismo diputado Palma que arrastra un episodio incómodo —tal cual su apodo— que involucró a otros legisladores en diciembre pasado. La política sinaloense rara vez da pistas tan transparentes: a veces no hay que seguir las palabras, sino quién dicta las palabras. ¿Quién le dicta al diputado Palma? ¿Y a quién representa realmente: a un grupo político… o a quien le entrega el papel?
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A Puerta Cerrada
En la sucesión sinaloense, las señales nunca se anuncian; se filtran. Mientras en el Congreso se leen discursos prestados, afuera se negocia lo único que importa: acceso, tiempos y escalones. La contienda real no es pública ni abierta: ocurre en salas con siete sillas, no con setenta. Entre café y cifras electorales se define quién tendrá la manija y quién solo vocería. En ese circuito discreto empiezan a moverse quienes pretenden adelantarse con la coartada del “yo no estoy en campaña”. Se revisan encuestas, se piden escenarios, se ofrecen territorialidades y se pactan silencios. La política sinaloense conserva un método de vieja escuela: primero se amarra con los que operan, después se socializa con los que opinan, y al final se anuncia a los que votan. No es casual que ya haya reuniones sin foto, desayunos sin lista y mesas con reservas blindadas. Quien entiende la lógica sabe que no se discute el si, sino el cuándo y con qué padrinazgos. Y en ese juego el poder se adelanta, se prueba, se masajea y se protege. Al final el discurso formal llegará, pero llegará tarde: para cuando se abra el telón, la obra ya tendrá protagonista y reparto. La pregunta no es quién levanta la mano en público, sino quién tiene acceso a las reuniones que sí cuentan. En política, esas puertas no se abren: se otorgan.
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Respaldo a Sinaloa
La visita de Claudia Sheinbaum a Sinaloa el próximo 6 de febrero (tentativamente) no es una simple escala en agenda: es lectura política y mensaje de continuidad para un estado que ha sabido gestionar con serenidad y resultados. Que la presidenta considere traer la mañanera a Culiacán implica algo que la política suele olvidar: la centralidad de Sinaloa en temas estratégicos para el país, particularmente el campo, el maíz y la seguridad alimentaria. Rocha Moya entendió desde el inicio que la interlocución con la Federación no se improvisa: se construye. Y si bien la visita no está planteada como gestión, el gobernador ya puso sobre la mesa los temas que sí importan para el futuro inmediato: maíz, UAS, obras y certidumbre presupuestal. No se requiere un evento de firma para que la política avance; se requiere alineamiento, tiempos y voluntad del centro. Todo indica que Sinaloa va en esa ruta. Que la mañanera rebase lo mediático y se vuelva foro para definir nuevas etapas de acompañamiento federal será, en sí mismo, un activo. La señal es clara: Sinaloa vuelve a estar en el radar presidencial y lo hace con un gobernador que juega en positivo, sin estridencias y con una hoja de gestión visible. Esa combinación —presencia federal y conducción local— suele traducirse en obras, apoyos y estabilidad. El estado ya sabe el valor de esa fórmula.
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Expoagro Sí Importa
Expoagro no es un capricho ni un lujo: es una vitrina internacional del campo sinaloense en un sector que vive de vender confianza, tecnología y volumen. Por eso sorprende el silencio de CAADES, institución que debería estar tocando puertas y anunciando el programa desde noviembre, y no esperando a que el Gobierno del Estado cargue con la responsabilidad —y el costo político— de sostener un evento que el mercado y el mundo agrícola reconocen como referencia. Rocha ya dijo lo esencial: que se haga, que hay condiciones, que hay seguridad y que el gobierno pone 12 millones como el año pasado. En política pública eso se llama voluntad; en la cadena productiva se llama certidumbre. Lo que no se entiende es por qué la organización que debería comandar la Expoagro actúa como si el evento fuera prescindible. No lo es. Ni para Sinaloa, ni para los productores, ni para la imagen agrícola del Pacífico mexicano. Lo peor que puede pasarle a un sector es que sus instituciones pierdan energía y horizonte. CAADES debería estar jugando en modo internacional, no en modo ausente. Sinaloa necesita mantener vitrinas y ferias de talla global si quiere seguir liderando; el silencio administrativo no se exporta, la reputación sí. Si el gobernador pone el hombro y la seguridad está garantizada, lo que falta no es gobierno: es impulso privado y visión de futuro.