Los buenos deben imponerse
La violencia no se disuelve por decreto ni se administra con buenos deseos: se enfrenta. Y lo ocurrido en La Cascada confirmó que la Policía Estatal no está cediendo ni la calle ni el territorio. Un agente terminó herido; los agresores fueron abatidos. No hay celebraciones —la muerte nunca es triunfo— pero sí hay un mensaje indispensable: la agresión tiene respuesta, y el crimen no está marcando el paso. En Sinaloa siguen existiendo estructuras criminales con logística, capacidad de choque y voluntad de retar al Estado. Lo hicieron ayer desde cerros, buscando ventaja táctica y territorial. Pero hay una línea que no puede negociarse: el orden no se repliega. La autoridad actuó, pidió refuerzos, tomó control aéreo y terrestre. Eso es lo que se espera de un Estado que no juega a administrar la violencia, sino a contenerla y a impedir que sea la criminalidad quien dicte los términos. Hay quien reduce la seguridad pública a gráficas, discursos o “entendimientos”. Pero en campo la regla es otra: quien dispara contra policías no envía un mensaje, intenta sustituir el monopolio de la fuerza. Y ahí no puede haber ambigüedad: cuando la delincuencia reta, la institucionalidad debe imponerse. La sociedad no está obligada a aplaudir estos episodios, pero sí a comprender lo elemental: cuando la autoridad resiste, responde y no se deja rebasar, la vida civil gana. Lo verdaderamente peligroso no es el enfrentamiento, sino la normalización de que quien manda es el armado sin uniforme. El reto no terminó ayer, pero dejó una lección valiosa: los buenos deben ser más, y sobre todo, deben ganar. Porque sin autoridad firme, no hay tranquilidad posible; y sin tranquilidad, no hay Estado que valga.
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Culiacán avanza y construye
Culiacán dejó de discutir ideologías: discute infraestructura. La capital ya entendió que la aprobación no se gana con el micrófono, sino con pavimento, drenaje, alumbrado y movilidad. La política urbana es hoy el verdadero ánimo ciudadano. El municipio entró a la etapa del “nuevo orden urbano”: colonias que piden continuidad en obras, un centro que exige ser ciudad y una vida cotidiana que no se conforma con anuncios. Los ciudadanos no buscan grandes monumentos, buscan soluciones visibles: calles que no se inunden, banquetas que permitan caminar, transporte que funcione y servicios que no colapsen. La obra pública dejó de ser propaganda para volverse experiencia. Ahí es donde la administración de Juan de Dios Gámez encontró tracción: obras pequeñas pero constantes, frentes abiertos y mejoras que se miden en vida diaria, no en eventos. La ciudad premia gestión, no slogans. Y el humor urbano se vuelve voto cuando la calle mejora. Culiacán está además en un punto donde la inversión privada quiere correr más rápido que la planeación. Con planeación, la ciudad progresa; sin ella, solo crece. La coordinación entre municipio, estado e inversión es la llave para que el desarrollo no sea privilegio de unos y carga para otros. La capital sinaloense quiere resultados, no discursos. Quiere ciudad, no promesas. Y la próxima elección —aunque algunos no lo hayan entendido— se decidirá en las calles, no en los spots.
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El Verde se consolida
En la política sinaloense hubo un tiempo en que el Partido Verde era extra. Ya no. Con números propios, estructura en expansión y una dirigencia que dejó de administrar siglas para construir proyecto, el Verde comenzó una ruta que pocos vieron a tiempo: pasar de partido invitado a partido con voz y con voto. La mano detrás del orden se llama Ricardo Madrid. Su dirigencia hizo algo que no es glamuroso pero sí decisivo: territorio, estructura y narrativa. Ganaron espacios y, sobre todo, ganaron capacidad para sentarse en la mesa sin pedir permiso. El último proceso dejó cerca de 120 mil votos, representación en más del 70% de los cabildos y la posibilidad real de levantar perfiles para 2027. Eso, en política, se llama capital. Hay otro dato político que conviene subrayar: el Verde dejó de hablar como “partido pequeño” y empezó a operar como aliado estratégico dentro del ecosistema Morena–PVEM. No es menor. Las alianzas ya no son un gesto ideológico, son cálculo electoral y gobernabilidad. Y en ese cálculo, el Verde aporta algo que vale oro en 2026: estructura y votos. En un estado donde el voto se define por cercanía y operación, no por propaganda, eso pesa más que cualquier slogan. El Verde crece porque entendió algo que otros no: la política no se decreta, se construye. Y cuando un partido comienza a consolidar números, cuadros y territorio, el siguiente paso deja de ser sobrevivir y empieza a ser competir.
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Una funcionaria para seguir
Las comparecencias no son trámite; son examen. Y en ese examen hay perfiles que destacan más por actitud que por edad. El caso de Ana Chiquete, secretaria de las Mujeres, es uno de ellos. Llegó a la política tarde para el canon y temprano para la apuesta generacional, y lo está resolviendo con algo que escasea en el servicio público: ímpetu y método. En su informe ante el Congreso presentó números que pocos imaginaban hace cuatro años: más de 380 mil servicios especializados, un incremento del 462%, tres Centros Regionales de Justicia para las Mujeres y un Guasave que coloca a Sinaloa en posición de liderazgo en el noroeste. Pero más allá del dato, hay dirección: política pública con infraestructura y con enfoque de derechos. En tiempos donde el discurso suele ser más rápido que la obra, Chiquete opera al revés: primero resultado, luego exposición. Programas como Abogadas Violeta, Transformando Vidas y las unidades de atención son una señal de diseño institucional y, sobre todo, de acompañamiento real a mujeres y niñas en situaciones críticas. Eso en Sinaloa no es menor: es territorio, no consigna. Quedan retos. Nadie lo negó. La violencia contra las mujeres requiere más que estadísticas; requiere Estado. Pero en el tablero político hay que subrayar algo: hay funcionarias jóvenes que no llegaron a aprender, sino a ejecutar. Y cuando hay ejecución, la política deja de ser discurso y se vuelve servicio. A Chiquete conviene seguirla de cerca. En política, el talento que sirve es el que sirve a alguien. Y ella está sirviendo a mujeres que antes no eran prioridad institucional.