La ansiedad no es un problema exclusivo de los adultos. Así lo dejó ver la película Intensamente 2 (2024) y lo confirma la experiencia clínica. Para la psicóloga infantil Elizabeth Mora Chabert, ignorar las señales de ansiedad en la niñez puede tener consecuencias que se extiendan hasta la adultez.
En entrevista con MILENIO, la especialista advirtió que situaciones aparentemente cotidianas —como el nerviosismo antes de una exposición, el miedo a integrarse a un equipo deportivo o la angustia ante una nueva etapa escolar— pueden escalar si no se atienden oportunamente.
“Un problema de ansiedad puede escalar a una depresión infantil. ¿Y cómo es que un niño se deprime? Pues porque ha pasado por una situación de ansiedad que no está siendo atendida”, explicó. “Si pensamos que sólo los adultos pueden tener ansiedad, nos estamos equivocando”.
Una emoción que no se evita, se gestiona
Al igual que en la adultez, la ansiedad infantil es multifactorial. Puede originarse en cambios familiares como divorcios, llegada de un nuevo bebé, actitudes agresivas en casa o exigencias constantes. También puede surgir en la escuela, ante el miedo al rechazo, al bullying o a no cumplir expectativas. Incluso puede haber un componente genético.
Para Mora Chabert, la clave no está en evitar las situaciones que generan ansiedad, sino en enseñar a las niñas y niños a reconocer y regular sus emociones antes de que se manifiesten físicamente —con sudoración, temblores, llanto o taquicardia— o se conviertan en sentimientos persistentes.
“Si no se utilizan las palabras adecuadas para ayudar al pequeño a comprender que todas las personas podemos tener ansiedad y podemos regularla, ese pensamiento se va quedando en el cuerpo (…) y se convierte en ese sentimiento que va a durar en el tiempo”, señaló.
Señales de alerta
Las manifestaciones de ansiedad en la infancia pueden variar. Entre las más comunes se encuentran trastornos del sueño —como pesadillas, terrores nocturnos o insomnio—, dolores de cabeza o estómago, llanto frecuente, hipersensibilidad a ciertos estímulos, rechazo a actividades sociales o incluso retrocesos como accidentes en el control de esfínteres.
La especialista explicó que la ansiedad puede expresarse de manera visual, auditiva o kinestésica, dependiendo de cómo el niño perciba aquello que le genera temor, ya sea en la escuela, en actividades extracurriculares o en entornos familiares.
Por ello, recomendó a madres y padres prestar especial atención a cambios en el sueño, el desempeño escolar, la alimentación, el juego y la conducta en entornos nuevos. Respetar el ritmo del menor para adaptarse a nuevas dinámicas, sin forzarlo, es fundamental.
En casos de cambios importantes —como mudanzas o cambio de escuela—, aconseja hablar con anticipación, explicar las razones y describir cómo serán las nuevas rutinas. “Explicar que es un miedo y que va más allá de poderlo solucionar inmediatamente”, puntualizó.
¿Qué hacer si mi hijo tiene ansiedad?
Una vez identificadas las señales, el siguiente paso es comprender qué situación está generando la ansiedad y explicarla con palabras acordes a la edad del niño.
Si el problema es un compañero que lo molesta, se le debe orientar para buscar apoyo en la maestra o en una figura adulta. Si se trata de miedo a una actividad deportiva, es importante explicarle que estará acompañado y seguro. Y si llora al quedarse en la escuela, recordarle que no será abandonado y que sus padres regresarán por él.
No obstante, Mora Chabert advierte sobre dos errores comunes: la sobreprotección y la invalidación emocional. Frases como “No te pasa nada” o “Olvídate de eso” pueden minimizar el sentimiento del menor. En su lugar, sugiere validar la emoción con expresiones como: “Entiendo que te asusta, pero vamos a encontrar una solución”.
Para la especialista, la salud mental comienza desde la infancia. Reconocer la ansiedad como una emoción válida y acompañar a los niños en su regulación puede marcar la diferencia entre un temor pasajero y un problema que perdure a lo largo de la vida.