Ciudad de México.- Investigadores del
Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH)
analizan un conjunto de vestigios compuesto por una espina de pez gato y tres fragmentos de espinas de chucho marina.
Las piezas, descubiertas a mediados de 2021 durante las tareas de rescate patrimonial en el primer tramo de la red del
Tren Maya
, podrían aportar información inédita respecto a los rituales de sangrado punitivo entre la población
maya
.
El área de rescate comprendió un trayecto de 226 kilómetros que conecta Palenque, Chiapas, con Escárcega, Campeche. Los trabajos permitieron ubicar estos elementos dentro del mismo contexto mortuorio, lo que plantea interrogantes científicas sobre la coexistencia de especies provenientes tanto de ambientes marinos como de agua dulce.
En un informe emitido por la entidad, Claudia Curiel de Icaza, titular de la Secretaría de Cultura del Gobierno de México, sostuvo que los bienes recuperados plantean nuevos cuestionamientos hacia el pasado.
Añadió que el valor científico de estos descubrimientos no concluye en el sitio de rescate, sino que se extiende a los análisis de laboratorio, donde los estudios continuados continuarán aportando datos con el paso de los años.
Análisis técnico en entierros prehispánicos localizados en Tabasco
Las labores de prospección se desarrollaron cerca de la comunidad de Tenosique, Tabasco, en terrenos próximos al curso del río Usumacinta. La investigación está bajo la supervisión de Marisol Arce Acosta, quien encabeza el Laboratorio de Zooarqueología del Proyecto Marco de Salvamento Arqueológico del Tren Maya, en coordinación con el arqueólogo Said Amiel Luna Limón.
El lote examinado consta de tres aguijones incompletos de raya junto con una espina de bagre, distribuidos en un polígono de tres hectáreas. Para determinar su uso ritual o funerario, los expertos analizan el estado de conservación, el desgaste, la estratigrafía y las huellas de fractura observadas en las piezas:
Primer ejemplar: Sección central de un aguijón de raya de unos tres centímetros de longitud, con fracturas en sus extremos causadas por el peso de la tierra. Exhibe una superficie desgastada por la fricción con los sedimentos donde yacía el difunto. Luna Limón señaló en el reporte oficial que no se descarta que haya funcionado como una ofrenda mortuoria.
Segundo ejemplar: Fragmento de aguijón marítimo que muestra marcas de desgaste y fractura en la zona media, en condiciones similares a la primera pieza.
Tercer ejemplar: Espina de raya con quiebres transversales provocados por la carga de la tierra, de textura estriada y con partículas sedimentarias fuertemente adheridas a su superficie.
Cuarto ejemplar: Espina de bagre hallada en la sepultura de un varón adulto
Perspectivas arqueológicas sobre el culto del sangrado ritual
En una disertación académica, Luna Limón detalló que la práctica del autosacrificio fue un fenómeno extendido en el área maya entre el periodo Preclásico Tardío y el Posclásico (aproximadamente entre el 500 a.C. y el 1520 d.C.).
Esta costumbre consistía en la extracción voluntaria y dolorosa de sangre, empleada como ofrenda y como un proceso de purificación previo a eventos religiosos de mayor envergadura.
De acuerdo con las fuentes documentales, las clases dirigentes efectuaban estas punciones para preservar el equilibrio del cosmos. Las extremidades o zonas corporales punzadas guardaban un significado simbólico preciso: la lengua femenina representaba la fertilidad, el miembro viril masculino se ligaba a la creación, mientras que las yemas de los dedos y los lóbulos de las orejas se seleccionaban por su sensibilidad táctil y simbólica.
Aunque los investigadores no han confirmado que las cuatro piezas recuperadas hayan sido utilizadas directamente para punzar el cuerpo, su presencia en sepulcros justifica las líneas de investigación actuales, dada la constante presencia de este tipo de espinas en entierros ceremoniales.
Tradición ceremonial y clasificación de especies biológicas
Según explicó el arqueólogo Luna Limón, las espinas de raya constituyeron el utensilio preferido para las ceremonias punitivas en las Tierras Bajas del Sur, de acuerdo con las escenas representadas en dinteles y escritos prehispánicos.
El rito exigía verter la sangre sobre hojas extraídas de la corteza de árbol depositadas en recipientes; al secarse, la corteza se incineraba para elevar el flujo sanguíneo de forma incorpórea hacia la esfera divina.
Por otra parte, la zooarqueóloga Marisol Arce Acosta identificó que las piezas marinas corresponden a las familias Dasyatidae (rayas látigo) y Myliobatidae (rayas águila). En contraste, la espina de bagre pertenece a la familia Ictaluridae, nativa de ecosistemas fluviales.
Arce Acosta destacó que la simultaneidad de recursos salobres y fluviales constituye una vertiente analítica de alto valor. Aunque no existe certeza de que las espinas de bagre hayan servido como punzones, su forma puntiaguda resulta adecuada para la extracción sanguínea, además de estar vinculadas temáticamente en el imaginario maya con el plano del inframundo o Xibalbá.
Finalmente, la funcionaria Curiel de Icaza y la investigadora Arce Acosta coincidieron en que el examen minucioso de estos objetos no solo esclarecerá la función precisa que tuvieron dentro de los entierros de la cuenca del Usumacinta, sino que también evidenciará cómo los antiguos pobladores transformaron los recursos biológicos de sus ríos en elementos simbólicos y rituales.
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