La foto que incomoda
En política, una foto nunca es solo una foto. Es un mensaje. Y cuando una imagen genera más ruido que el hecho que intenta retratar, es porque el mensaje ya se salió de control. El gobernador Rubén Rocha Moya sentado con la senadora Imelda Castro no pasó desapercibido porque rompe —al menos en lo simbólico— una línea que el propio Ejecutivo ha marcado con claridad: no adelantados, no campañas anticipadas, no movimientos fuera de tiempo. Lo ha dicho fuerte en público y también en privado. Pero la política real rara vez respeta los tiempos ideales. Mientras desde el gobierno se insiste en que no es momento de sucesiones, la senadora ya decidió que sí lo es. Ha comenzado a mover fichas con disciplina, estructura y respaldo. Bien o mal, temprano o tarde, eso solo lo dirá el tiempo. Lo que hoy es evidente es que Imelda Castro ya no juega a la espera: juega a la construcción. Las reacciones en redes no son casualidad ni espontáneas. Nadie comenta la agenda legislativa. Nadie habla de diálogo institucional. Los mensajes celebran la escena: “qué gusto verlos juntos”, “diálogo entre representantes”, “Culiacán como punto de encuentro”. El sub texto es claro: no es café, es señal. Para los actores políticos alineados con la senadora, la imagen no representa cortesía republicana, sino una lectura de fuerza. La senadora ya se sienta como par, como interlocutora inevitable. Y en política, cuando alguien se vuelve inevitable, es porque ya tiene algo detrás: estructura, apoyos y recursos. Ahí la foto deja de ser institucional y se vuelve política. Porque mientras el gobernador ha reiterado —recio y quedito— que no quiere adelantados, que no son tiempos y que habrá consecuencias para quien se desboque, la narrativa que se empuja desde el otro frente va en sentido contrario: “ya se sentó”, “ya dialogó”, “ya entendió”. Es decir, ya cedió. Esa es la lectura que se instala, correcta o no. La senadora no necesita decirlo. Su entorno lo dice por ella. Los comentarios suenan a aplauso con doble filo, a respaldo cargado de ironía, a mofa elegante que busca exhibir una supuesta debilidad del poder en turno. No es apoyo al gobernador; es uso del gobernador como escalón. Como foto útil. Como validación simbólica. El mandatario camina así en una línea delicada. Mantener la institucionalidad sin legitimar adelantados no es debilidad; es el costo de gobernar mientras otros ya compiten. Hoy hay dos frentes claros: uno que pide calma, tiempos y orden; otro que ya mide fuerzas, suma respaldos y reparte señales. El dinero, los apoyos y las alianzas no esperan calendarios. Y cuando empiezan a moverse tan temprano —como se comenta en el corrillo político— ya no se trata de especulación: se trata de una candidatura en marcha. Juzgue usted. La foto está ahí. Los comentarios también. Y en política, cuando los aplausos vienen cargados de sarcasmo, no celebran al poder… lo están midiendo.
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La omisión también pesa
La inseguridad en Sinaloa ya no puede explicarse únicamente desde el crimen organizado o desde la incapacidad del Estado. Hay una parte incómoda de esta historia que como sociedad hemos evitado mirar de frente: la omisión colectiva. No, no nos merecemos vivir con miedo. No, no todos somos culpables. Pero tampoco podemos seguir fingiendo que somos solo víctimas pasivas de una realidad que se fue normalizando a fuerza de silencios, complicidades pequeñas y tolerancias peligrosas. Durante años se permitió —por conveniencia, por miedo o por costumbre— que las relaciones con el crimen permeasen la vida cotidiana: en el barrio, en el negocio, en la política, en la conversación social. Se volvió aceptable “no meterse”, “no preguntar”, “no ver”. Esa omisión también construyó el escenario que hoy nos ahoga. El crimen no crece en el vacío; crece donde la sociedad se resigna. El ataque contra diputados locales en Culiacán no es un hecho aislado ni un simple episodio más de violencia. Es un mensaje brutal de que ya no hay zonas simbólicas, cargos públicos ni investiduras que funcionen como contención. Cuando la violencia alcanza al poder político electo, lo que está en juego no es solo la seguridad personal de dos personas, sino la fragilidad del orden civil completo. Este no es un llamado a la culpa, sino a la responsabilidad compartida. A exigir desde el núcleo más básico —la familia, la escuela, el trabajo, la comunidad— que no se normalice lo que nos destruye. A no justificar al violento porque “ayuda”, a no romantizar al criminal porque “resuelve”, a no callar cuando el daño es evidente. El silencio también es un terreno fértil. Sinaloa necesita un punto de quiebre social. Un YA BASTA que no solo se grite en marchas o columnas, sino que se practique todos los días. Porque mientras sigamos esperando que alguien más arregle lo que todos dejamos crecer, la violencia seguirá tocando puertas… cada vez más cerca.
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Árboles caídos, poder sordo
En Angostura no cayó una plaga ni se atendió una emergencia. Cayeron árboles. Árboles frondosos, crecidos durante años, que daban sombra, identidad y respiro a uno de los bulevares más transitados del municipio. Los quitaron sin explicación, sin aviso y sin proyecto visible. No por necesidad pública, sino por la decisión unilateral de alguien que creyó que podía hacerlo. La molestia ciudadana no tardó. Vecinos del bulevar Herberto Sinagawa encararon al alcalde Alberto Rivera Camacho, “El Capy”, para pedir algo elemental: una razón. No discursos. No propaganda. Una explicación. Pero la respuesta fue el silencio. O peor: una frase suelta —“ya vienen los árboles nuevos”— y el clásico recurso del poder incómodo: subirse a la camioneta e irse. La escena fue elocuente. Ciudadanos reclamando a pie. El alcalde escoltado por patrullas. Árboles talados atrás. Preguntas sin respuesta al frente. El tema adquiere otra dimensión cuando se conoce que el Ayuntamiento destinó casi dos millones de pesos para la compra de árboles nuevos. Es decir: se cortan árboles vivos, funcionales y consolidados, para gastar recursos públicos en sustituirlos por otros que tardarán años en dar lo que ya se tenía. No es reforestación: es desperdicio disfrazado de obra. La sombra que se perdió no es solo vegetal. Es simbólica. Porque la tala sin explicación refleja una forma de gobernar: decidir primero, informar después —si acaso— y huir cuando la sociedad pregunta. Y eso, en un municipio donde el calor es constante y los espacios verdes escasos, se siente como un agravio. Los árboles urbanos no son adorno. Son salud, clima, bienestar y dignidad del espacio público. Quitarlos sin consenso ni justificación es quitarle calidad de vida a la gente. Y cuando el reclamo se responde con indiferencia, el problema ya no es ambiental: es político. En Angostura quedó claro que no solo se talaron árboles. Se taló el diálogo. Y cuando un alcalde prefiere acelerar su camioneta antes que escuchar a su gente, la inconformidad no se va… echa raíces.
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Mineros Desaparecidos
A los diez mineros de Concordia no se los tragó la tierra. Los desaparecieron. Fueron vistos por última vez el 24 de enero, pero la reacción oficial llegó tarde: pasaron tres días para un cateo en el lugar donde se hospedaban y hasta el 29 para que se informara públicamente. En un delito de Desaparición Cometida por Particulares, el tiempo no es un detalle: es determinante. El caso ya marcó línea internacional. No solo por tratarse de un proyecto minero con capital extranjero, sino porque vuelve a colocar a Sinaloa en el mapa por desapariciones, crimen organizado y respuestas institucionales que arrancan cuando el daño ya es mayúsculo. El despliegue federal anunciado —casi 1,200 elementos, helicópteros y aviones artillados— confirma la gravedad del hecho, pero también deja una pregunta inevitable: ¿por qué no antes? Decir que no hubo amenazas previas no reduce la preocupación. En una región donde opera una célula criminal identificada, la desaparición es el mensaje. Y cada día de silencio institucional erosiona la confianza pública. Buscar es una obligación. Responder por las omisiones también. Porque cuando el Estado llega tarde, lo que se pierde no es solo tiempo: se pierde autoridad… y, a veces, se pierde la vida.