¿Qué pasó con Ibarra?
“El último candidato en la tierra”… Hubo un tiempo —no muy lejano— en que el diputado federal Jesús Ibarra parecía estar en todas partes. Ferias de salud, inauguraciones, fiestas patronales, piñatas, baby showers, XV años… donde hubiera micrófono, cámara o pastel, ahí estaba. No era agenda legislativa; era agenda aspiracional. Más que diputado, operaba como precandidato en campaña permanente. El mensaje era claro: construir presencia, posicionarse, instalar la narrativa de que el futuro ya tenía nombre. Pero algo pasó. De pronto, silencio. Desapareció del mapa público. Ni eventos, ni recorridos, ni fotos multitudinarias. Como en la película YO SOY LEYENDA, el protagonista parece caminar solo por una ciudad vacía, convencido de que es el último hombre en pie. En su lógica política, el candidato a la gubernatura debe ser hombre; por tanto, descarta a la senadora Imelda Castro, a la diputada Teresa Guerra. También —según esa misma ecuación— quedarían fuera quienes huelan a continuidad del gobernador Rubén Rocha Moya: Enrique Inzunza, Juan de Dios Gámez y cualquier otro perfil con estructura real. La diferencia es que en la película el personaje de Will Smith era, efectivamente, el último sobreviviente. En política, no basta con creerse el único para serlo. La gubernatura no se gana por saturación de eventos sociales ni por aparecer en todas las fotografías del fin de semana. Se construye con estructura, con acuerdos, con territorio y, sobre todo, con viabilidad interna. Y ahí es donde la ficción se topa con la realidad. Pensar que el simple activismo social convierte automáticamente a alguien en candidato es desconocer cómo operan los equilibrios partidistas. Ni siquiera el Partido del Trabajo, que suele ser pragmático en sus decisiones, entregaría una candidatura de ese tamaño sin números, sin consenso y sin condiciones. La política no es casting de protagonismo; es aritmética de poder. Así está el nivel del debate público en México: “cualquiera se siente candidateable con solo desearlo”. La cercanía con Mario Delgado pudo abrir una puerta legislativa, pero la gubernatura exige mucho más que relaciones coyunturales. En política, como en el cine, no basta con creerse leyenda; primero hay que sobrevivir al guion. APLAUSOS.
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Volver, volver… pero distinto
“Me voy tranquila”, escribió María Inés Pérez Corral el día que dejó la Secretaría de Bienestar. Agradeció, reflexionó, habló de aprendizaje y de compromiso social firme. Parecía cierre de ciclo. Punto final. Despedida institucional con tono humano y mensaje de continuidad desde la trinchera ciudadana. Todo en orden. Pero en política los puntos finales casi siempre son puntos suspensivos. Porque sí, volvió. No como secretaria, sino como ASESORA del Gobierno de Sinaloa. De titular de dependencia a asesora. Cambio de oficina, no de edificio. Como dice la canción: “ya volvió de donde andaba, se le concedió volver”. Y la política mexicana, que tiene memoria corta pero acomodos largos, volvió a demostrar que las salidas no siempre son salidas… a veces son reacomodos estratégicos. La renuncia fue rápida, sin evento de despedida, sin discurso frente al equipo. La narrativa pública fue de cierre digno. Pero el regreso confirma que más que ruptura hubo ajuste. Y eso abre una lectura interesante: cuando alguien “se va tranquila” y semanas después regresa al mismo círculo de poder, quizá nunca se fue del todo. En Sinaloa los movimientos no siempre implican ruptura, sino redistribución. Omar López asumió SEBIDES con la instrucción de reforzar el trabajo; María Inés ahora es asesora. La estructura sigue girando dentro del mismo engranaje. Nada extraordinario en política, pero sí ilustrativo. Al final, si ya volvió, debe ser porque es lo mejor. O al menos así lo consideraron quienes toman las decisiones. Porque en el servicio público las segundas oportunidades no se conceden por nostalgia, sino por cálculo.
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STASAC: hora cero
Mañana no es un día cualquiera en el Ayuntamiento de Culiacán. El STASAC elige dirigencia y, aunque es una elección sindical, el contexto la convirtió en algo más que un simple relevo interno. De 9 a 10 de la mañana votarán pensionados, jubilados y personal de sindicaturas; de 1 a 6 de la tarde lo hará el resto de los trabajadores sindicalizados. La estructura está lista. La decisión, en manos de la base. El tablero se movió antes de tiempo. Julio Duarte se bajó de la contienda argumentando motivos de salud y cerró así la posibilidad de un tercer periodo. La contienda quedó reducida. Hoy solo compiten Zayda Flores y Homar Salas. Dos estilos, dos lecturas del sindicato y dos visiones de liderazgo en un gremio que no es menor en la vida política municipal. En el camino hubo señales. El respaldo público del diputado Sergio Torres a Zayda encendió alertas y abrió la conversación sobre posibles intereses políticos. Ella ha insistido en que el proceso es interno, autónomo y ajeno a cualquier otro acontecimiento. Y en efecto, el voto es de los trabajadores. Pero nadie puede negar que en Sinaloa —como en cualquier parte— los sindicatos también son piezas de poder. Con la información que tenemos, todo apunta a que Zayda Flores podría convertirse en la próxima secretaria general. Es nuestra lectura, no el resultado oficial. La moneda cae mañana. Lo que sí es claro es que el STASAC entra a una nueva etapa, con un liderazgo que deberá demostrar independencia, firmeza y capacidad de negociación frente a la administración municipal. Y aquí viene lo interesante: esta elección no termina cuando se cuenten los votos. Hay elementos que aún no han salido a la luz y que, en su momento, podrían cambiar la narrativa completa de lo que hoy parece una contienda definida. Pero para eso todavía no es tiempo. En política sindical, a veces el verdadero movimiento ocurre después del resultado.
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Licencia sin caducidad
No todo en la política pública tiene que ser confrontación o discurso ideológico. A veces gobernar también implica simplificarle la vida a la gente. La aprobación de la licencia de manejo permanente en Sinaloa va en esa ruta: menos trámites repetitivos, menos filas interminables y un ahorro directo para miles de familias. Cada año se realizan más de 370 mil trámites entre renovaciones y nuevas expediciones. Eso significa tiempo invertido, costos acumulados y una carga administrativa constante tanto para ciudadanos como para el gobierno. Convertir la licencia en un documento permanente —con un pago único equivalente a 18 UMAS— no solo representa un alivio económico, sino también una medida de eficiencia institucional. Hay decisiones que no hacen ruido político, pero sí impacto cotidiano. Esta es una de ellas. Reducir la burocracia, modernizar procesos y evitar que las personas tengan que regresar cada cierto número de años a hacer el mismo trámite es una lógica de gobierno más práctica que discursiva. Y en tiempos donde el bolsillo importa, el ahorro cuenta. Además, la unanimidad en el Congreso habla de consenso en un tema que no divide, sino que resuelve. Es una reforma administrativa que fortalece derechos ciudadanos y simplifica la relación con el Estado. Gobernar también es eso: quitar obstáculos innecesarios. Al final, cuando una medida beneficia directamente a cientos de miles de personas y reduce cargas económicas sin generar nuevos impuestos, vale la pena reconocerlo. Menos burocracia, más eficiencia. Así también se construye política pública.